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El legado de la esclava Ciriaca Rivarola

Resulta cierto que las personas entienden como algo natural y cotidiano aquello que, por la circunstancia que sea, perciben como algo común o familiar, tomando como algo corriente aquello que otras personas advierten como algo excepcional.

En mi último libro publicaba un anexo al mismo que titulé Los otros Haedo, en el que me refería a “aquellos que poseen este apellido por haber sido sus ancestros esclavos de los Haedo[1], incidiendo especialmente en Manuela Haedo, su hijo y sus nietas, contando cómo habían vivido durante más de un siglo con la familia en la que los padres de Manuela Haedo habían sido esclavos. Acostumbrado a que el nombre de Manuela Haedo apareciera con asiduidad en los recuerdos y cuentos de familia, confieso que me sorprendió cuando mi amigo Alejandro Olmos Gaona —que prologó el libro— escribió

Tampoco descuida la existencia de otros Haedo como los esclavos de la familia que tomaron el apellido, hasta una de las mujeres y sus hijos que se quedaron viviendo junto a los descendientes de sus amos, mostrando cómo era la relación que habían tenido con la familia, que nada tenía que ver con el trato que se les daba a los esclavos en otras partes de América. […] Me parece tendría que haber ahondado más en esta problemática, ya que puede verse que en los Haedo se tenían consideraciones no demasiado comunes, aunque el trato tanto en Buenos Aires como en Montevideo fuera bastante benigno.[2]

Me quedé entonces un poco asombrado al saber que ese trato amable y familiar que a mi se me hacía tan natural y cotidiano, era visto por otros como una consideración no demasiado común. Como suele ser habitual con tantas cosas que nos llaman la atención, di vuelta la página del libro y seguí leyendo, despreocupado, el prólogo que mi amigo había escrito para introducir a los lectores del libro. Tal vez ese asombro mío quedó almacenado en algún recóndito lugar de mi memoria, porque me acordé de el hace unos días, leyendo el testamento de Dª Josefa Martínez de Haedo, tía de dos de mis tatarabuelos[3].

Dª Josefa Martínez de Haedo había nacido en Buenos Aires el 24 de febrero de 1771, ahijada del poderoso armador vasco D. Francisco de Alzaybar, caballero de Santiago, que se arrogaba el título de fundador de Montevideo. Se había casado en 1790 con el patriota oriental Dr D. Francisco Bruno de Rivarola[4], abogado de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, de la de Santiago de Chile y de la de Charcas, en el Perú, amigo y confidente de Artigas, fue uno de los que dictaron las “Instrucciones del año XIII”, reunidos en el congreso de la capilla Maciel.

Ya anciana había testado en Buenos Aires ante Manuel José de Zeballos, el 11 de diciembre de 1850, instituyendo por herederos a sus cuatro hijos y dejando varios legados, que son los que llamaron mi atención.

Los primeros legados de Dª Josefa, de monto importante, consisten en $14.000 en letras de tesorería que asigna a su nieto, D. Ángel Elía. En las mismas letras de tesorería deja $6.000 para su nieta Dª Isabel Elía, cuyos “réditos se le darán para alfileres”[5] cuando cumpla los doce años de edad.

Posteriormente pasa a otorgar otros legados, no ya invertidos en letras de tesorería sino pagaderos en moneda corriente, asignando a su sobrina Dª Trinidad Latorre $ 6.000 m/c, pasando luego a retribuir a sus allegados, asignando $ 4.000 “a mi sirvienta Ciriaca Rivarola […] en remuneración de su fidelidad y servicio”, otros $ 1.000 “a cada uno de los morenos Eladio, y Manuel Rivarola, que están al presente en mi servicio”, y tan sólo $ 500 “a las pardas Juana, y Mónica Rivarola a cada una; e igual suma y del propio modo, a las morenas, Luisa, y Eduarda Rivarola, por su juicio y buena comportación…”[6]

Dos cosas resultan de estos legados: el monto elevado de los mismos[7], especialmente en el caso de Ciriaca Rivarola —a la que lega dos terceras partes de lo que entrega a su propia sobrina carnal, o a su nieta—; y el apellido familiar del Dr D. Francisco Bruno de Rivarola que portan todos ellos, tanto morenos como pardos, que no deja lugar a dudas de un pasado esclavo.

No sabemos mucho de estos pardos y morenos a los que Dª Josefa Martínez de Haedo quiso beneficiar, salvo que todos ellos cobraron su legado el día 7 de febrero de 1854, a pesar de no firmar —ninguno de ellos— el recibo correspondiente, sino que otra persona lo hizo a su ruego.

De la documentación que he visto de ellos presumimos que Ciriaca Rivarola había nacido entre 1799 y 1805 —en el Uruguay—, y que Eduarda Rivarola lo había hecho antes de 1830. Su condición de esclavos puede presuponerse, además de por las fechas de nacimiento —aunque sólo conocemos los años que Ciriaca y Eduarda declaran en los censos—, al leer la redacción de los recibos del legado, ya que en todos se repite la misma fórmula que en el recibo otorgado por Ciriaca:

Recibí de mi amito D. Franco Rivarola, primer Albacea la cantidad de cuatro mil pesos m/c pertenecientes a la manda testamentaria, que mi ama la Sa Da Josefa dejó pa beneficiarme – Buenos Aires Febrero 7 de 1854 –

A ruego de Ciriaca Rivarola – [rúbrica] Juan J. de Pinedo

 

Después de 1854 sólo tenemos noticias de Ciriaca y de Eduarda Rivarola. Ambas aparecen censadas en Buenos Aires, en 1855[8], como cocineras en la casa, de dos pisos y azotea, en la que Dª Ana Rivarola de Almagro —hija de Dª Josefa Martínez de Haedo— habitaba junto a su marido y familia en la calle Federación[9] nº 240. A Ciriaca —que ya era viuda en 1855— la volveremos a encontrar en el censo de 1869[10] —declarando tener 70 años de edad—, habitando en la calle Maipú nº 61, en casa de Dª Trinidad Rivarola, ya viuda de Elía e hija de Dª Josefa Martínez de Haedo.

Con las referencias que tenemos resulta claro que Ciriaca Rivarola nació esclava en la Banda Oriental —como probablemente todos los demás pardos y morenos que recibieron legados de Dª Josefa Martínez de Haedo—; que, evidentemente, era una mujer libre al tiempo de cobrar la manda testamentaria que recibió en 1854, como no podía ser de otra manera en virtud de que la ley de 12 de diciembre de 1842 que abolió la esclavitud en el Uruguay y de la Constitución de 1853 que lo hizo en la Argentina; y que, como también hizo Manuela Haedo —aunque ella ya había nacido libre—, pasó toda su vida viviendo con sus antiguos amos.

El caso de Ciriaca Rivarola resulta más extraordinario aún ya que nos consta que ésta poseía, desde el año 1854, un capital de $ 4.000 —importe del legado de Dª Josefa Martínez de Haedo— que le hubieran permitido adquirir una vivienda más que razonable, o percibir unos réditos que le proporcionaran el sustento diario. Sin embargo, Ciriaca, prefirió seguir viviendo hasta su senectud junto a las hijas y nietos de su antigua ama.

Miraba antiguos apuntes genealógicos en mi archivo cuando una condición de Ciriaca, que había pasado para mi desapercibida hasta entonces, me hizo abrir los ojos y sorprenderme una vez más. Ciriaca, la esclava que había pasado toda su vida bajo el amparo de la familia de su antigua ama, había sostenido en la pila bautismal a Manuela Haedo[11], aquella hija de esclavos a la que me refería en mi libro, a la que tanto quería mi abuela y a quien conoció mi madre siendo Manuela muy anciana y mi madre muy niña.

Pensé entonces que tal vez tuviera razón mi amigo Alejandro Olmos Gaona, cuando en el prólogo de Certezas y patrañas afirmaba que “en los Haedo se tenían consideraciones no demasiado comunes.”

 

 



[1] VILELLA SÁNCHEZ VIAMONTE, Mariano. “Certezas y Patrañas en torno al linaje de Haedo”. Madrid, 2023.

[2] Ibídem.

[3] Mi tatarabuelo, Manuel Martínez Haedo y Viera, estaba casado con su prima hermana Mercedes Martínez Haedo y Soler. Ambos eran sobrinos de Josefa Martínez de Haedo.

[4] Op. cit.

[5] ARGENTINA. AGN. Tribunales Sucesiones. AR-AGN.JC/SUC 6819_1856–1857.

[6] Ibídem.

[7] En la testamentaría de Dª Josefa Martínez de Haedo se tasa una casa en la calle Buen Orden en $3.000, lo que da una idea de la importancia económica de los legados.

[8] ARGENTINA. AGN. Censo nacional de 1855.

[9] Nombre que tenía la actual Av. Rivadavia.

[10] ARGENTINA. AGN. Censo nacional de 1869, vol. 3.

[11] URUGUAY. Archivo Parroquial de Mercedes, Soriano. Bautismos, 4/51.

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